Hubo etapas donde sentía que nada avanzaba. Oraba, esperaba respuestas y aun así muchas veces todo parecía permanecer igual.
Con el tiempo entendí que Dios también obra en silencio, incluso cuando no logramos verlo con claridad.
Algunos procesos no transforman el corazón de inmediato. A veces lo hacen lentamente, en pequeños pasos, conversaciones sinceras y momentos donde volvemos a confiar.
Hoy miro mi camino con más paciencia y menos exigencia.
Y aunque todavía sigo sanando algunas partes de mi historia, ya no me siento sola mientras camino.
Había palabras, heridas y pensamientos que nunca me animé a compartir. Sentía que nadie realmente iba a comprender aquello que estaba viviendo dentro de mí.
Guardar silencio parecía más fácil que abrir el corazón.
Sin embargo, escribir comenzó a convertirse en un espacio seguro donde pude empezar a nombrar aquello que llevaba demasiado tiempo escondiendo.
No encontré respuestas inmediatas, pero sí una forma distinta de respirar y de escucharme con más honestidad.
A veces el corazón necesita ser escuchado antes de poder sanar.
Hubo momentos en los que olvidé mi valor. Las heridas, las decepciones y el cansancio comenzaron a definir la manera en que me miraba a mí misma.
Durante mucho tiempo creí que mi historia disminuía aquello bueno que había en mí.
Pero poco a poco entendí que Dios nunca dejó de verme con amor, incluso cuando yo había dejado de hacerlo.
Aprender a reconocer nuevamente mi identidad ha sido un camino lento, pero profundamente esperanzador.
Hoy sigo recordando que mi historia no borra la dignidad con la que fui creada.
Durante mucho tiempo pensé que debía sentirme mejor rápidamente. Me frustraba volver a ciertas heridas y no entender por qué todavía dolían.
Con el tiempo descubrí que sanar no siempre sucede de golpe. Hay procesos que necesitan paciencia, descanso y mucha ternura con una misma.
Hubo días donde me sentí cansada, confundida y hasta tentada a rendirme. Pero incluso en medio del silencio, Dios seguía acompañando mi camino.
Hoy entiendo que sanar también puede parecerse a permanecer, respirar y volver a confiar poco a poco.
Hoy entiendo que compartir también puede sanar.
Quería sentirme mejor de inmediato, pero con el tiempo entendí que sanar también requiere paciencia y amor propio.
Hubo días difíciles, silencios largos y momentos donde pensé en rendirme. Aun así, cada pequeño paso comenzó a devolverme la esperanza.
Hoy sigo caminando mi proceso, pero ya no desde el miedo, sino desde la certeza de que no estoy sola.
Hoy entiendo que compartir también puede sanar.
Durante mucho tiempo pensé que debía atravesar todo sola. Me costaba pedir ayuda y poner en palabras lo que me dolía.
Escuchar otras historias me hizo entender que no era la única luchando en silencio. Poco a poco volví a sentir esperanza.
Hoy sé que abrir el corazón también puede ser una forma de sanar.
Hoy entiendo que compartir también puede sanar.
Durante mucho tiempo pensé que tenía que cargar sola con todo lo que sentía. Guardé heridas, silencios y preguntas que no sabía cómo expresar.
Escribir esta carta fue una forma de detenerme, respirar y reconocer que Dios seguía conmigo incluso en medio del dolor.
Hoy entiendo que compartir también puede sanar.